Ukrania, un conflicto que empezó a gestarse hace décadas...
Ukrania, un conflicto que empezó a gestarse hace décadas...
Cuando las tropas rusas cruzaron la frontera ucraniana en febrero de 2022, gran parte del mundo percibió el acontecimiento como una ruptura abrupta del orden internacional. Sin embargo, para quienes llevaban décadas observando la región, aquella invasión no fue un estallido repentino, sino el desenlace —aún abierto— de un conflicto largo, acumulativo y profundamente estructural. La guerra en Ucrania no es solo una guerra entre dos países: es una intersección de memorias históricas, intereses geopolíticos, dependencias energéticas y una economía global de armamento que lleva años reconfigurándose.
Para comprender el conflicto en su totalidad, hay que retroceder más allá de 2014 e incluso más allá de la caída de la Unión Soviética. Ucrania y Rusia comparten siglos de historia entrelazada: desde el Rus de Kiev medieval hasta la integración forzada de Ucrania en el Imperio ruso y, más tarde, en la Unión Soviética. Para Moscú, Ucrania nunca fue solo un país vecino; fue, y sigue siendo, un territorio considerado clave para su identidad estratégica, geográfica, cultural y militar.
Tras la disolución de la URSS en 1991, Ucrania emergió como un Estado independiente con fronteras internacionalmente reconocidas, heredando además uno de los mayores arsenales nucleares del mundo, que entregaría pocos años después a cambio de garantías de seguridad. Aquel acuerdo, que hoy se revisa con amargura (explicar por qué), marcó el inicio de una relación ambigua: Ucrania buscaba consolidar su soberanía mientras Rusia intentaba mantener su esfera de influencia en el espacio postsoviético.
El punto de inflexión llegó en 2014. Tras las protestas del Euromaidán y la caída del gobierno prorruso de Víktor Yanukóvich, Rusia anexionó Crimea y apoyó militarmente a movimientos separatistas en el este de Ucrania. Desde entonces, el país vive en una guerra de baja intensidad que, durante años, quedó fuera del foco mediático internacional. Este periodo es clave porque la tensión diplomática pasa a ser una confrontación armada sostenida y a su vez marca el inicio de una progresiva militarización de Ucrania, que se ve apoyada por países occidentales. Mientras tanto, Putin usa una narrativa rusa cada vez más explícita sobre la necesidad de frenar la expansión de la OTAN hacia el este.
Mapa temporal de la expansión de la OTAN (1999–2024), con énfasis en Europa del Este.
Suponer que el centro del conflicto lo componen Ucrania y Rusia, sería reducir la guerra a una confrontación bilateral. Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN juegan un papel fundamental, como aliados políticos de Kiev, y como proveedores de armamento, entrenamiento e inteligencia.
A su vez para Washington, Ucrania se convierte en un escenario donde contener la influencia rusa sin una confrontación directa. Para la Unión Europea, el conflicto tensiona su política energética, su cohesión interna y su capacidad de actuar como actor geopolítico autónomo. Países como Polonia o los Estados bálticos ven en la guerra una amenaza existencial; otros, como Alemania o Francia, oscilan entre el apoyo militar y la cautela estratégica.
Al mismo tiempo, actores aparentemente periféricos —Turquía, Irán, Corea del Norte o China— desempeñan roles menos visibles pero también decisivos: mediación diplomática, suministro indirecto de armas o aprovechamiento del conflicto para reposicionarse en el tablero internacional.
La guerra de Ucrania no puede entenderse sin observar el flujo de armas que la sostiene. Desde 2014, y especialmente desde 2022, Ucrania se ha convertido en uno de los principales destinos mundiales de armamento pesado. Sistemas antitanque, artillería, drones, misiles antiaéreos y tanques modernos llegan desde múltiples países, transformando radicalmente la capacidad militar del país.
Aquí es donde los datos del SIPRI resultan fundamentales. Sus registros muestran no solo quién vende armas a quién, sino cómo las guerras reconfiguran las cadenas globales de suministro militar.
Diagrama Sankey de exportaciones de armas hacia Ucrania (2010–2024), mostrando los principales países exportadores y el volumen relativo de transferencias.
Este tipo de visualización permite revelar algo que los discursos políticos suelen ocultar: la guerra no solo se libra en el frente, sino también en contratos, licencias de exportación y decisiones industriales tomadas a miles de kilómetros del campo de batalla.
El conflicto también ha revitalizado complejos industriales de defensa en Estados Unidos y Europa. Países que durante décadas redujeron su gasto militar han aprobado aumentos históricos en sus presupuestos de defensa. Alemania, por ejemplo, anunció un fondo extraordinario de 100.000 millones de euros, rompiendo tabúes de la posguerra.
Serie temporal del gasto militar en Europa (2014–2024), con un punto de inflexión claro tras 2022.
Volumen de armas importado por categoría desde 2014 hasta 2024
Estas decisiones no responden únicamente al miedo: también reflejan oportunidades industriales, creación de empleo y liderazgo tecnológico. La guerra, en este sentido, actúa como catalizador de una economía armamentística que rara vez se discute en términos éticos en el debate público.
Otro frente decisivo es el de la narrativa. Rusia justifica su invasión como una acción defensiva frente a la OTAN; Ucrania la presenta como una lucha por la supervivencia nacional y los valores democráticos. Occidente, por su parte, enmarca el conflicto como una defensa del orden internacional basado en reglas.
Estas narrativas influyen directamente en la opinión pública y, por extensión, en la legitimidad de seguir enviando armas o mantener sanciones económicas prolongadas, incluso cuando sus efectos repercuten en la inflación, la energía o el coste de vida de millones de personas.
A día de hoy, la guerra en Ucrania sigue sin una salida clara. Militarmente, ninguno de los bandos ha logrado una victoria decisiva. Políticamente, las posiciones se han endurecido. Económicamente, el conflicto ha redibujado flujos comerciales, alianzas y dependencias.
Mirar Ucrania solo como una guerra más es perder de vista su significado más profundo: es un espejo de un mundo en transición, donde el orden surgido tras la Guerra Fría se fragmenta, y donde los datos —sobre armas, energía y poder— son tan importantes como los discursos.